Memorias de la infancia

Memorias de la Infancia. Capítulo III

Tenía cumplidos los 11 años cuando decidí vivir con mi padre. Sí, lo decidí y así una tarde llegué a su casa en la pequeña ciudad de Puente Alto.  Nadie me dijo nada.  Ni la abuela Beatriz, ni mis tíos ni papá que al llegar me dio un beso y me acarició el pelo. Claro, tal vez hayan pensado: ¡Vaya! Una boca más. Pero eso lo imagino ahora.  En ese momento lo que hice fue sentarme a la mesa y probar una sopa aguada y desabrida que me pareció malísima en comparación con las ricas sopas de pollo que preparaba “la Emperatriz,” la sirvienta de la casa de las abuelas. Las razones de mi huida nunca las tuve muy claras. Pero lo cierto es que viví con ellas varios años, y solo sé que llegué de la mano de mi padre siendo un niño de tres o cuatro años.

Mis recuerdos de esos primeros años son muy vagos.  

La casa de las abuelas

Me quedé dormido en los brazos de mi padre. Viajábamos en tranvía, esos viejos carros que atronaban las calles de Santiago en la década de los cuarenta. Sentía frío y deseaba una cama caliente.

Mi padre vestía un largo abrigo sal y pimienta y un sombrero de color marrón. Ya oscurecía cuando llegamos a la casa. Tenía una enorme puerta con argollas de metal y al entrar, mi vista se perdió en un corredor interminable. Aparecieron las abuelas, unas señoras viejas vestidas de negro que me besaban y me acariciaban la cabeza.

-¿Cómo te llamas?  

Miré a mi padre.

-¡Ya pues, diles tu nombre a las abuelitas!

 -Me llamo Galvarino-contesté con timidez.

-¿Galvarino?  ¡Ese no es un nombre cristiano! -protestó la más vieja.

 Una mujer más joven  me cogió de la mano y me enseñó la casa que era enorme.

-Yo soy tu tía Carmen-me dijo. -¿Te gustaría vivir aquí, con tus abuelas?   

Yo estaba indeciso.

 -¿Y papá?

-Vendrá cada día a visitarte.

Corrí hacia el  comedor en donde las abuelas tomaban el té con mi padre.

 -¡Papá! Me quedo a vivir aquí.  

Las viejas sonreían con ternura. 

- Pero te vamos a cambiar el nombre, vamos a buscar un nombre cristiano -dijo la abuela que parecía más importante.  

- ¡Ya lo tengo!  ¡Pascual!  Porque has llegado en el mes de la Pascua. 

-¡Sí, Pascual, Pascualito! -corearon todas.

Así comenzó mi vida con las abuelas.

La casa era muy grande y tenía una galería acristalada que daba a un patio de baldosas repleto de macetas; luego venía el comedor, con una enorme mesa de patas torneadas,  que se quejaba como una persona cuando alguien se apoyaba en ella. En el comedor estaban también los clásicos muebles de entonces; el aparador, un mueble al que llamaban  trinche y la vitrina.

Sobre el aparador había siempre una gran frutera de plata con frutas frescas, que yo cogía cuando no me miraban y que se iban poniendo mustias con los días.

Recuerdo que los muebles de la casa me parecieron similares a los habitantes, esas señoras viejas vestidas de negro. Las sillas y las personas parecían hermanadas por una suerte de actitud vital, de manera de estar el mundo.

Botellas, hermosas botellas de formas diversas, casi siempre muy gordas o cuadradas encerraban licores de variados colores. Era la alquimia familiar: las mistelas, esos licores de frutas que las abuelas preparaban macerando frutas con azúcar y canela y bañándolas luego en aguardiente de uva.

La cocina, grande y con paredes manchadas de hollín, era el lugar de la casa en donde mejor me hallaba.  Había una mesa redonda y coja, en donde desayunaba, y por las noches, me dormía escuchando los cuentos de miedo de “la Emperatriz”, la sirvienta.

El patio de atrás era grande y misterioso. Tenía un parrón que durante el verano se cargaba de racimos negros y olorosos, un gallinero en donde convivían patos, gallinas y palomas y una fila de árboles frutales, entre ellos  dos aguacates, largos y oscuros, muy cerca uno del otro y que inclinaban sus ramas como tratando de tocarse.  Al fondo un cerezo, un manzano siempre frondoso y la enorme higuera de ramas retorcidas, luego venía una acequia  que servía de límite natural de la propiedad con el camino de atrás y era una frontera que separaba dos barrios. A mí, me parecía que detrás de la casa se acababa la ciudad y comenzaba el campo, con bosques y misterios. Con el tiempo tuve que aceptar que tras unos sitios baldíos, la ciudad continuaba su cuerpo envejecido y urbano. 

Yo me apropié con rapidez de los rincones del caserón. Igualito que de mi nuevo nombre. Nombre de gato decía la Emperatriz, pues cuando las viejas me llamaban acudía yo y el gato de la casa. Al principio, mi padre venía casi todos los días y jugábamos un rato. Las viejas me mimaban, y pasados algunos días, comencé a dejar de llorar cuando papá se marchaba.

Pero, además, yo me arrimaba a tía Carmen, hija soltera de Felicinda, una mujer nerviosa, de largas manos blancas que revoloteaban entre sus rizos de un rubio desteñido y que tenía en su rostro un perenne gesto de inquietud. Para ella, al parecer, mi llegada fue como la aparición de un hijo muy deseado.

En realidad las abuelas eran mis tías abuelas, por parte de la familia de mi padre.  Eran tres hermanas: Felicinda, Carmela y Sara. Vivían modestamente, pero presumían de ser de clase alta y poseer muchos bienes;  lo cierto es que todas vivían del alquiler de unas viejas casas que la abuela Carmela había heredado de sus dos respectivos maridos, ya fallecidos, y del sueldo de tía Carmen que trabajaba en un Hospital de la capital.

La verdad es que me gustaba tener dos nombres, era divertido. Como divertido era vivir en esa enorme casa. Cuando llegué a casa de las abuelas yo tendría tres o cuatro años. Venía de una ruptura. 

 

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