Opinión

Ciencia y conciencia del Universo Los dioses de Hawking

21-2No quisiera en modo alguno, y bajo ningún concepto, que se malinterpretara la siguiente indicación entorno a las aserciones y las expresas (o tácitas) conclusiones  que se obtuvieren tras la lectura de este breviario sobre la teoría y praxis deducible del pensamiento  y obra del gran Stephen Hawking. Muy al contrario, pues, precisamente por la admiración que le profeso desde hace tanto tiempo no dejan de parecerme harto sorprendentes algunas de las afirmaciones llevadas a cabo en el último título de su (ya controvertida) cosecha de publicaciones de difusión científica; nos referimos al Gran Diseño*. A mi juicio, seguidor manifiesto y confeso del pensamiento –y pesimismo- positivista más recalcitrante, así se ha declarado reconocido y reconocible discípulo del ejercicio de verificación y contrastación empírica de cualquier indagación o aventura del conocimiento. En este caso nos referimos a su referencia al concepto de creación (acaso, mejor, origen) que infiere de sus investigaciones sobre el inicio o principio del universo, cuya generación colige como espontánea, de la cual deriva nuestro autor que esta será la causa por lo que existe algo en vez de nada, y todo esto para terminar aduciendo que, no es necesario invocar a Dios obrando maravillas […] para poner en marcha el universo.

Sin entrar en la cuestión de si Dios es o no origen o creación del mundo, lo que nos deja especialmente estupefactos es la argumentación que ofrece para alcanzar tal fin, paradójicamente, de lo originario. Al margen de los incentivos editoriales publicitarios para poner en marcha la venta de títulos de esta obra, como digo, lo que causa asombro no es tanto la conclusión (Dios no es necesario o no existe), como la vía mediante la que llega a tal resolución. Sobre todo si por un momento nos apercibimos de los grandes ingenios del pensamiento filosófico (incluso científico) que han trazado sendas razonables (y lógicamente admirables) para la prueba de Dios, por lo que se hubiera esperado cuando menos algún presupuesto lógico inductivo cuando menos no inferiormente razonable con el apoyar sus afirmaciones.

A nosotros, a la luz de las aproximaciones a las que hemos tenido acceso para la deducción racional (lógica) de una entidad trascendente, encontramos cuando menos indicios para el agnosticismo, no tanto para el rechazo racional frontal que sirva de recusación definitiva, y esto porque, en virtud de aquellas deducciones razonables a las que hacemos referencia nos hace ser intelectualmente prudentes (insisto que no me proclamo creyente ni seguidor de cualquier dictado de fe), y esto porque la fascinación (y la necesidad) de la trascendencia es fácilmente constatable a lo largo de la historia de la humanidad, y que requiere cuando menos una reflexión medianamente seria y razonada, pues su aparición como singular variable a lo largo del transcurso de la historia, y en cuyos fundamentos (¿insondables?) se asienta como una constante a la que habría de dársele una respuesta medianamente satisfactoria pues, querámoslo o no, se muestra útil para cuadrar muchas ecuaciones razonables, por lo que se me antoja de muy digna  atención y considerable curiosidad. A raíz de esta modesta reflexión, aún me parece más increíble, reitero, el modo, no tanto la conclusión de Hawking.

Con esta desordenada y urgente congerie de argumentos, pues, no hago sino mostrar, como decía, la sorpresa indicial y probatoria de un problema o una incógnita que parece lejos de ser resoluble o, al menos, empíricamente verificable, acaso como otros tantos conceptos o ideas elevados, que no terminan de sujetarse o hacerse aprehensibles al discurso y pensamiento positivo, ¿puede que hasta sobrepase (eso es lo que parece) el marco convencional científico?, pero estimo que de ninguna manera el racional, pues este camino nos muestra inevitablemente que su acceso no es sólo el de la fe, sino que diríase que se mantiene en el hombre como interrogante o certeza desde siempre, y cuya aprehensión o rechazo viaja con nosotros y se mantiene intrínseco en nuestro espíritu a la hora de investigar, comprender y redundar en la naturaleza de las cosas y del sentido mismo de la existencia. Insisto que no hago una defensa de nada, trato exclusivamente de exponer un hecho incontestable en la trayectoria vivencial e histórica del hombre: la reflexión sobre la existencia (o no) de una realidad trascendente que se resiste al método positivo de constatación. Es más, si la ciencia es metodológicamente atea, todavía resulta más chocante la ¿buscada? inclinación en El gran diseño a la entidad divina, aunque sea para su negación. De modo que aún más claro me parece el procedimiento intencionado de búsqueda de controversia con fines editoriales.

Pero, volvamos de nuevo, por un instante, a ese razonamiento analítico con el que comenzábamos este humilde opúsculo: la presunta espontaneidad de la creación del universo, pues curiosamente puede converger, sin demasiada habilidad discursiva, con el argumento que usa precisamente el razonamiento defensor de la existencia trascendente, en tanto que el argumento con que finaliza Hawking (de la nada, surge el universo), puede resolverse para su antinomia argumental, en la forma de la interrogante que no resuelve la física: ¿por qué existe algo (ahora) en vez de nada?.

Y yo pregunto: si realmente se dice que el Creador (como supuesto principio activo) no aporta nada al conocimiento de la naturaleza, ¿podemos dejar de lado esta idea –y ¿necesidad?-  trascendente, sin acabar sufriendo un importante coste cognoscitivo? Si la hipótesis de Dios es innecesaria[1] para explicar el origen del universo, acaso no esté tan claro que lo sea para su creación, no digamos para justificar vitalmente su necesidad, existen estudios biológicos que muy bien podían cuestionar aquella proverbial no necesidad científico positiva.[2]

Kant deducía en su Crítica de la razón pura, que la prueba y la refutación (de Dios o lo trascendente) no será posible mediante la razón. Sin embargo, será precisamente mediante aquella por la que podremos establecer nuevas premisas para llevar a término una potencial explicación y su consecuente aprehensión de lo mucho inefable e inexplicable que rodea e inunda nuestras  vidas, pero, ¿también lo será la razón –pura-  aplicada al rigor más duro y materialista del método científico? Darwin, tras la observación de los procesos evolutivos no termina de negar una potencial trascendencia, no digamos Alfred Russel Wallace, que la defiende abiertamente, ambos padres de la hipótesis que más duramente carga contra cualquier presupuesto de su existencia, entre cuyos  eminentes representantes se encuentra Richard Dawkin. [3]

Es preciso redundar en que la razón es el fundamento, incluso para el entendimiento de lo supuestamente inaprehensible por aquella; de la duda misma de lo que pudiera ser razonable cabe deducirse, a saber, que aún lo irracional o suprarracional encuentra fundamento  en ella, porque, en virtud de la razón reconocemos lo que está fuera de ella misma.[4] En este sentido la razón nos hace libres porque a través suya se aspira a conocer, o, mejor, a saber de  la verdad, y será mediante esta aspiración que, el que razona actuará indefectiblemente de manera razonable; esta acción que es causa, conforma al hombre razonable y le hace libre en tanto que aquella (la razón) prevalece fuera de cualquier determinación al margen de la misma.[5]

Creo que nos encontramos, a parte de los intereses de marketing editorial, en este libro con un caso evidente de sacralización del pensamiento inductivo empirista que, acaso emparenta con aquel otro prejuzgado  religioso que alimenta la idea de un Dios utilitario y, por tanto, profundamente materialista, poniendo en duda no tanto la realidad religiosa (mística) de Dios, como su supersticiosa concepción. Entiéndanse los dioses de Hawking, curiosa y estrechamente emparentados, en este caso, con los de la aspiración dolosa del creyente interesado y la impostura del finalismo positivo sacado del fiel de su contexto.

Pero veamos cómo será precisamente de la duda razonable de la realidad de Dios que se puede deducir su existencia: Si Dios fuera fácil, estaría al alcance de la mano. No sería trascendente y no sería Dios.[…] Me gustaría deducir su existencia a partir de mí. Comprendo que es imposible. En este sentido me duele. Pero si creyese así, no creería en Él, y al Dios que me adheriría no sería Dios. Así, pues, no creer de esa manera me ayuda a creer. Entiéndase esta conclusión como verdadera apoteosis del racionalismo: Dubito, ergo, Deus est.[6]

¿Se deduce del planteamiento de Hawking, con su negación en la intervención divina de la creación del universo, la pregunta correcta para la determinación de la existencia o inexistencia de lo trascendente? Me parece que en modo alguno. Pero dejemos esta cuestión para otra aproximación a esta sección de Ciencia y conciencia del Universo.

 

* Stephen Hawking: El gran Diseño, Crítica, 2010.

[1] Recuérdese a Pierre Simon Laplace.

[2] Véase, por ejemplo, D. Hamer, El gen de Dios, La esfera de los libros, Madrid, 2006.

[3]«La teoría darwinista […] no sólo no se opone a la fe en la naturaleza espiritual del hombre, sino que la respalda de forma decidida. Demuestra cómo, regido por la ley de la selección natural, ha podido desarrollarse el organismo humano a partir del organismo propio de un animal inferior; pero también nos enseña que poseemos facultades intelectuales y morales que no han podido desarrollarse de esa manera, sino que debieron tener otro origen, y para este origen sólo podemos encontrar una buena causa en el desconocido universo del Espíritu». Wallace, A. R.: en Marchant, 1916, pp. 111-112.

[4]«Ser libre es dudar que la razón nos determine. No queremos que nada exterior a la razón tenga el poder de determinarnos, por tanto, queda el ser determinado por la idea misma de la racionalidad: la no contradicción y la legalidad universal. Seremos libres, pues, cuando actuemos únicamente a partir de estas reglas universales no contradictorias». Guitton, Jean, Mi testamento filosófico,

[5] Ibidem.

[6] Ibidem.

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