Opinión

El hombre que de pronto se ponía serio

federico-garcia-lorca

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lorca era un hombre que de pronto se ponía serio. Lo habitual en él era la alegría contagiosa, que mostraba en abrazos efusivos, con aquella voz un poco espesa de fumador incesante. Te veía y te sentías envuelto en su afecto jovial, concediéndote toda la atención, como si el importante, siempre, fueras tú. No había en él egolatría, antes bien una modestia natural acrecentada por su buena crianza, propia de la burguesía granadina de entonces. Es decir, Lorca era un hombre esencialmente empático. Y esto, junto a sus dotes de músico y aquel gracejo que le provenía de su carácter teatral, un tanto aniñado, le había granjeado una popularidad creciente. Llegaba él a una reunión y todo era distinto. Desprendía vitalidad, liberalidad, intimidad. Pero esto nadie hubo que se lo quitara: una súbita tristeza, un reconcentramiento repentino. De pronto se ponía serio, sin que en apariencia existiera un motivo. Se ponía serio porque sí, dijérase. Y en esta melancolía que le asaltaba hay que buscar la razón de su arte poética. ¿Qué ocurría dentro de este hombre tan alegre y expansivo? La respuesta está en su obra, tan llena de presentimientos. En su obra, tan solidaria para los sufrientes de soledad, hombres y mujeres. En su obra donde la fealdad y la injusticia contienden contra todo lo hermoso y lo libre.
Se ponía serio, pero pronto volvía a esto tan suyo de dar lo más luminoso de sí, como si nada hubiera pasado por dentro. Adentro eran los miedos, era el dolor de saberse incomprendido en lo más íntimo, la tristeza de sentirse envidiado por quienes no podían entender su capacidad de gozo infinito, en la vida como en la obra. Naturalmente, cuanto aquí se expresa, no pretende contribuir a su personal hagiografía, porque en lo humano tenía sus momentos en los que era mejor dejarlo solo, y en ocasiones podía ser superficial y arbitrario, aunque fuera inmune al rencor y creo yo también al resentimiento. Era inseguro, ansioso, y tendente a depresivo según fueron pasando los años. Sobre todo, a partir de su gran crisis personal de 1928. Bebía demasiado, se sentía mal. Y aunque nunca tuvo motivos para la baja autoestima, quienes le trataron en aquel tiempo afirman que tenía el ánimo por los suelos.
Pero nunca se le sorprendió un mal modo, una mala opinión hiriente hacia nadie, un arranque de ira mal contenida. Tenía, esto sí, sus preferencias literarias y era selectivo con sus amistades. Podía ser histriónico, exhibicionista diríamos hoy, e incluso clasista. Pero hasta aquí. Fue, de hecho, por muchos motivos, un poeta-ángel, de los pocos que han existido. Volar y cantar era lo suyo. No pudo ser que respetaran sus alas, que no se las cortaran.
Yo que he estado en el sitio exacto donde lo mataron (según las averiguaciones de su investigador Miguel Caballero), un paraje llamado Peñón del Colorado, más cerca de Víznar que de Alfacar, señalizado por unas grandes piedras que marcan la presencia de antiguos pozos, creí verlo en sus últimos minutos. Tenía las manos atadas por delante con alambre, sudada y sucia la camisa, desastrado el pantalón, parecía un sonámbulo, en ese estado de enajenamiento más allá del espanto, como quien acaba de asumir que no hay salvación posible, que el camino está cortado por un muro contra el que no es posible sino estallarse los sesos en él. Sobreviene entonces una extraña lucidez.
Eran cuatro, y él estaba a la izquierda de los ejecutores. Había dejado de llorar, y ya no sollozaba, como que la desesperación extrema le había cegado la garganta y el lagrimal. Temblaba, esto sí, horrorosamente, sin contención de sus articulaciones, convulsivamente, en el extremo de la impotencia. Pero aún tuvo arrestos para, fuera de sí, dar unas palabras de consuelo a aquel maestro cojo de Pulianas que estaba a su vera sin muletas y, de puro doblado, presentando la calva a los fusiles. También Lorca lo estaba, doblado como si le hubieran golpeado en el estómago. La detonación fue súbita, y sucia; sucia por cuanto los integrantes de la escuadra asesina estaban impacientes e incómodos, molestos e indignados por no poder apuntar con el sosiego preciso a la luz de los faros de la camioneta que los trajo. Tal vez Lorca, cuando en segundos encaneció años, en ese tránsito a la tierra yerma de aquel paraje abrupto, entendió por qué al pronto se ponía serio, sin motivo. La muerte, esa Muerte que él representó en un auto de Calderón, no había dejado de cubrirle nunca con su manto enlutado, no había dejado de mirarlo, como en aquel cuento del esclavo de Bagdad que en el mercado se topó con ella, la Muerte en forma de anciana. Doblado por el estómago, la garganta seca, los ojos sin apenas ver, pero llevando unas últimas palabras al desconsolado don Dióscuro, que dejaba viuda e hijos, y que en la vida no hizo más que trabajar. Es una
imagen que no se me va.

Antonio Enrique
Sobre Antonio Enrique

www.antonioenrique.com Contacto: Página web | Más artículos

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.

*