Andaluces con paisaje

Ibn Al-Jatib

 

Envuelta en el color y brisa del desierto, viviendo la cadencia de un soplo muy liviano que recorre palmeras y se eclipsa en la plaza, Fez mantiene el aura de un mundo repetido por aquellos que cantan paraísos lejanos, allá donde Mahoma albergó a las huríes con leche, luz y dátiles y ese sueño impaciente que obliga a la zozobra de esperar cada tarde que clame el viento lejos, que todo se sumerja en un sentir sedoso de ocres y penumbra para alcanzar la dicha de esperar a que el alba levante la mañana y se ordeñen las cabras, crucen los aguadores, haya cambio en la guardia, y, al fin, al detenido Ibn Al-Jatib Al-Salmani, nacido allá en Loja, del centro del Al Andalus, le traigan el sustento, mientras oye la sura que entona un compañero, tras tantos improperios, aluvión de desprecios, que siempre le flagelan, le duelen, le doblegan, en este simulacro de juicio continuo a que hoy le someten, bajo la presidencia de Ibn Zamrak, quien fue su protegido, siempre muy recordado, y hoy ya visir y noble, llegado de Granada para tan despreciable y ruin menester, aunque sopesa y duda que nombren la condena, porque afirma, consciente, que no serán capaces de firmar veredicto que salpique y les manche, aun temiendo pudieran simular un suicidio para rendir su vida en esta fortaleza de humillante presidio.

Rememora en el sueño que llega levemente, casi esperado siempre para ahuyentar las horas que son rosario largo, los tiempos primerizos que fueron ambiciosos, nombrado secretario de aquel Yusuf I, cuyo visir era otro poeta granadino, Ibn al-Yaiyab, al que a su muerte, recuerda los momentos, sustituyó en el puesto, iniciando una etapa de vendedor de cargos que fuera tan prosaica -mejor no recordarla- que le acudió dinero, poder y nombradía; luego acuden los años de embajadas reales, ya Muhammad  V al Ghani aupado en el trono, cerca de los amigos llamados mariníes y del leal aliado que fuera de Granada, Pedro I el Cruel, del reino de Castilla,  hasta tras la revuelta que depuso al monarca, lograr unirse a él en Guadix una tarde, gracias a los oficios del místico Ibn Marzuk, que fuera ya su amigo y maestro alabado, desde el destierro de este que convivió en Granada, ambos también amigos de Abu Salim, de quien a la presente es hombre de confianza, consiguiendo un acuerdo con el usurpador nazarí Isma´il II para que el monarca ahora destronado, su corte y su milicia pudieran exiliarse a Marruecos, tras súplica poética, demandante de auxilio, que él, Ibn Al-Jatib, escribiera orgulloso, haciéndole con ello instalarse en Salé, ajeno a la política, dedicado a la compra de tierras y de huertos, a la literatura y a la añorada recopilación antológica, de las varias obras que ha ido desgranando a través de su vida y que le hacen tener fama de polígrafo insigne.

Hay un mohín dolido de inquietud en los ojos, como una leve sombra que cruzara el espectro, dejándole la boca, que mantiene entreabierta, más vacía y más seca, más perpleja si cabe en el rictus que tiene de sorpresa expectante, al traer al recuerdo las continuas revueltas que cuentan se suceden, cuando su rey de entonces, Muhammad V al Ghani, intenta, y ya de nuevo, asentarse en su trono, contando con su brazo, su consejo y su ciencia, otra vez buen visir, más no quiere seguir el hilo belicoso que le trae otro exilio, y se centra en los días en que ocupa la vida, el sosiego y las horas en completar su obra, ordenar los escritos, que pasan de sesenta, y que son metafísica, medicina, poesía y otros diversos temas, como las muy nombradas historias de Granada, al-Ihata fi ta´rij y al-Lamha, o su historia del Islam, A´mal al-a´lam, aún siempre pendiente de cuido y de escritura, que promete seguir tan pronto le abandone esta persecución que atora el pensamiento, y le dejen ya libre la justicia y sus hombres; aunque en verdad, su sueño, el que le hace estremecerse y tener el oasis de espesura y remanso al borde de los dedos, es su siempre vivida antología poética, que nomina Al-Sihr wa-l-si´r y revive a diario en las horas dormidas, y en las horas de sueño, en las albas del día y en las puestas de sol, la que siempre le hace cambiar el gesto adusto como si aún morara la Alhambra de sus días.

Arcadio Ortega
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De la Academia de Buenas Letras de Granada Más artículos

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