Andaluces con paisaje

Lucano

El copioso banquete da a su fin, aunque aún retozan íntimos comensales premiosos ante la despedida que, ya en el arco que conduce a los aposentos cerrados, hace con gesto de persistente paz romana -rictus cansado, pesadumbre- el poeta Marco Anneo Lucano, nacido en la Córdoba de Hispania el 3 de Noviembre del año 39 de la nueva era, es decir, hace tan sólo 26 años, hijo de Marco Anneo Mela y Acilia, hija de Acilio Lucano, y cuyo abuelo fue el conocido Marco el “Retórico”, fundador de la dinastía de los Anneos, que tiene buen recuerdo en ambas capitales, aunque este Marco Anneo Lucano que ahora saluda con el brazo y se retira, fue traído a Roma al cumplir los ocho meses y no tiene más recuerdos de su ciudad de nacimiento, aunque sean muchos y cuidados, que los transmitidos por su madre, los de la nodriza que protegió sus sueños y aquellos que con solemnidad de prócer le inculcó su tío Séneca, cuando se ocupaba de su educación junto a la de Nerón, antes de que este fuese coronado emperador y dejase de ser su amigo, al verle premiada por su “Bajada de Orfeo a los infiernos”, en certamen al que concurrieron ambos, vengando su impotencia con la prohibición de que declamase en público, como venía haciendo desde pequeño con lisonjeros éxitos, e, incluso, que defendiese causas en el Foro. 

Ha sido fatigoso este banquete por del vino escanciado en demasía, y las tantas vituallas y frutales y dulces que oficiaron el ágape, antes de volver a esta estancia, donde el esclavo espera a quitar las sandalias y recoger la túnica que ofrece alguna mancha de néctares de Hispania, mientras mira y observa cómo el poeta deja entreabierta la puerta reclamando a su médico, y sentado en el banco inicia un balbuceo de versos, pasando de estrofas de “El incendio de Troya”, de la epopeya “Príamo recobrando los restos de Héctor”, a “Orfeo” y “El incendio de Roma”, en silencios que traen a su mente “El catálogo de las heroínas”, “La lira de Héctor”, “Las Saturnales”, “Las Sylvas” y el principio de la tragedia “Medea”, sin que quiera centrarse en un largo poema y recitar con elocuencia y gesto, como lo hizo por salones y academias -por siempre noble oficio-, cuando bajo las directrices de su tío Séneca se afanaban en su formación el estoico Carnuto, el gramático Remmio Palemón y el retórico Virgilio Flacco, para los que en este trance ordenado y cierto que le impone Nerón, tiene gesto de agradecimiento y recuerdo por la virilidad que impusieron a su comportamiento, la exactitud que le exigieron en la expresión y en la palabra, y el cúmulo de conocimientos con que fueron alimentando una sed de perfección, que le hicieron cosechar muy pronto plausibles frutos, crear halo de admiración y respeto por su verbo, hasta provocar la envidia del emperador y hacer que todo su afán y anhelo de colaboración y respeto por éste, se trocara en crítica mordaz y oposición a sus designios, consciente de que ordenó matar a Trhaseas, tan sólo porque no gustaba oírle cantar, y a Británico por ser su voz dulce e ir de teatro en teatro, de circo en circo, recogiendo premios.

 

  Hace un alto en su palabra para observar el vapor del baño que humea levemente con el olor a sales que gusta de sentir cada vez que se sumerge junto a Pola Argentaria, la esposa inteligente y joven que aún no le ha seguido, pero que puede venga con el físico, mientras rememora su obra “De bello civile”, que no entiende por qué le llaman “La Farsalia” -cuando este tan sólo es el título del décimo libro que la compone- que inició con una invocación a Nerón, para relatar sin mitologías ni zarandajas, tan sólo con imaginación, erudición e ideas filosóficas -lo cual sabe le critican sus enfermizos observadores-, los retratos de César y Pompeyo, el paso del Rubicón y la huida del senado de Roma, el repliegue de Pompeyo hacia Brindis y su paso al Épiro a través del Adriático, el cerco puesto por César a los pompeyanos en Marsella y su marcha a Hispania, los combates entablados por ambos bandos en Hispania, Iliria y África, el regreso de César vencedor y dictador a Roma, la decisiva batalla de Farsalia, la fuga de Pompeyo a Lesbos y Egipto, donde es asesinado, y la llegado de César a Egipto y su encuentro con Cleopatra. 

  Rompe el silencio de su evocación el cruce de palabras en la antesala, el posterior amago de sus voces y el gesto de conmiseración humilde que presenta el médico al situarse junto al baño con el filo estilete de su oficio acunado en las manos, esperando el instante en que el vate, que ahora inicia un recitado con perfecta vocalización y energía, se sumerja en el agua y esté presto a sufrir la condena que ha dictado Nerón contra él, por participar en la abortada conjura orquestada por Cayo Calpurnio Pisón y no haber dado pruebas de firmeza de carácter ante las presiones en los interrogatorios, revelando nombres de cómplices, llegando, incluso, a denunciar a su madre, por lo que ha sido vituperado y despreciado, sin que a esta hora vespertina del 30 de Abril del 65, tenga todo más validez que un leve gesto de tristeza que ensombrece el instante lírico y sentido de la recitación de sus versos, mientras el humo oculta sus miembros, el vaho inunda la estancia, y su brazo languidece extendido fuera de la bañera, esperando el momento solemne de recibir el corte de venas por el físico, que cumple su precisa misión cuando se escuchan las últimas sílabas de una estrofa de gloria y plenitud que desgrana su verbo, comprobando que Pola Argentaria entreabre la puerta con gesto de dolor. 

  Entonces ya se deja envolver por el aura de muerte que impregna la estancia, recitando poemas de su primera edad: los que cantan floridos paisajes de su lejana Córdoba, donde pudo vivir, ahora se lo afirma, la otra vida que aún sería dichosa.  

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