Andaluces con paisaje

Martín Alonso Pinzón

Ha caído la tarde de este 15 de Marzo del año del Señor de 1493, en los breves instantes en que saluda en medio de la plaza a Diego Rodríguez Prieto, el alcalde que dio lectura, precisamente en este sitio, -han sido sólo treinta y dos las semanas que duró la aventura- a la pragmática de los Reyes Católicos, en la que ordenaban la leva de la marinería y la armada de las carabelas -que pudo anularse, por innecesaria, cuando él decidió tomar parte en el empeño- para el viaje de Cristóbal Colón que partió inquieto y con buenos augurios el 3 de Agosto de 1492, desde este puerto onubense de Palos, a donde le anuncian que el Almirante ha regresado hace cinco horas, y ahora llega él, Martín Alonso Pinzón, natural de la plaza, nacido en 1440, enfermo -parece que es gálico, pero no quiere saberlo, pese a lo avanzado del mal-, cansado de la travesía en que viene oteando costa portuguesa desde la gallega Bayona, y decepcionado ante la negativa de los Católicos Reyes a su petición de desembarcar en dicha ciudad y dirigirse por tierra hasta la Corte para informar con detalle del descubrimiento que les anuncia, antes de que lo hiciese el genovés que, según le dicen, arribó al puerto de Lisboa cuando el temporal, a la altura de Azores, les hizo perderse de vista, en el regreso de este accidentado y venturoso viaje que la Providencia bendijo, los Reyes auspiciado, Colón ideó con terquedad inaudita y él ha sufragado con largueza, avituallado en su totalidad, aportado su prestigio para el enrolado de la marinería, fletado dos de sus carabelas: “La Pinta” y “La Niña”, -Colón ha ido en la nao “Mari Galante”, con nombre de “Santa María”, cedida por Juan de la Cosa-, embarcando en la aventura a sus hermanos, Vicente como capitán de “La Niña” y Francisco de maestre, y orientando al Almirante en más de una ocasión, como cuando se empecinaba en seguir la derrota del paralelo 28, en lugar de poner Oeste-cuarta-suroeste el 6 de Octubre, estando las naves prácticamente detenidas en el Mar de los Sargazos, una vez perdido el empuje de los vientos alisios, o aplacando a la marinería de la nao capitana cuando se alzaron contra el Almirante, siempre sobrado de soberbia. 

         La casa familiar le aguarda, en esa algarabía del señor que regresa y del que esperan escuchar su palabra segura, la voz ronca del mar que llega de tan lejos, y admirar los presentes que serán tan valiosos, y saber si era cierto que ir hasta a la India era cuestión de días navegando al Oeste, como él afirmaba cuando trajo la copia del mapamundi “Avisos para saber la navegación a Indias”, conocido en la Biblioteca Vaticana gracias a la amistad trabada con familiares del Papa Inocencio VIII, cuando ya su reputación de marino era bien conocida por los tantos viajes en ruta Mediterráneo, incluso norte europeo, y el siempre cotidiano a la costa africana, ese suroeste de comercio incesante que tanta fortuna y experiencia aportó a su valía y donde portugueses y otros pueblos viajeros respetaban su ruta, evitando encontrarle por mor de escaramuzas en que siempre vencía. 

         Arde la chimenea con llamas azuladas al pico de las brasas, mientras se desabrocha la casaca maltrecha y ese sucio jubón que no pudo cambiarse desde hace varios días, sonado en las losas de mármol mal pulido el golpe seco y claro de la hebilla dorada del extremo del cinto, cuando entran dos sirvientes portando cubos de agua en calor humeante, ha rellenar la tina donde querrá bañarse, antes de que le pongan un buen trozo de carne que ya huele y aroma junto a la jarra fría del vino de Aracena que él valora y recuerda cuando es noche lunada en la alta mar  oceánica y se espejea la brisa en plomos tenebrosos, con perfiles de cinc y algún golpe de plata, mientras el oleaje acaricia las bordas y hay sosiego y posibles para seguir la ruta sin zozobra ni duda. 

         Se ha quedado dormido con esa duermevela, algo inquieta, si cabe, por falta de mecido del vaivén de su barco que siempre le acompaña, pero ya ha regresado, está otra vez en casa, pensando que Colón -en esto está seguro- jamás habría llegado de no ser por su ayuda, por más que porfiara el genovés a diario y adoptara posturas de genio y visionario, arguyendo sapiencias que sabe no llegaban más allá de lo oído al buen Alonso Sánchez, el náufrago piloto que conoció antaño y que vino en contarle una historia de tierras lejanas y riquísimas de donde regresó destrozado y enfermo, antes de que admitiera a Colón en su casa como huésped y amigo. 

         Ahora él se recuerda en el patio naranjo del convento que habitan en La Rábida los padres franciscanos, llamado por Fray Juan Pérez, que junto con Fray Antonio de Marchena, le presentan al hombre que ha llegado humilde, pero siempre seguro, hastiado de la Corte de Juan II de Portugal, afirma, asiendo de la mano a Diego, ese hijo que lleva y que les deja a los padres para cuido y cultura, mientras él se ausente ha ganarse la ruta que ha ofrecido y persigue, y que hará que en Granada, después de tantas vueltas, esperas y tristezas, reciba como encargo pactado y rubricado por los Reyes de España que nacen esos días, pueda al fin embarcarse, si es que este Pinzón -que ahora agrada el semblante, sumido en su sopor- escuche la propuesta, sopese las ventajas, calcule lo exigido y se apreste a la ayuda como propia esperanza. 

         La fiebre y el dolor no cejan ni aplazan el poner cortapisas a estas horas de vida que busca en el silencio de la estancia caliente, del agua de la tina que está tibia y dorada, en tersa superficie que refleja los leños, vista desde la reja donde se asoma y mira la áurea de la noche, primera de su vuelta, que transmite azahar de naranjos cercanos, y se va sumergiendo con levedad alevosa, escanciando el caldero de cobre por el pelo, mientras que se enjabona, sin más voz ni ruido que el poco de los leños que crepitan, a veces, rompiéndole el compás del agua de la cuba cuando él la acaricia suave, con cariño, evocando los tiempos que fueron tan queridos y que ahora recuerda cogido por su madre, quizás más esta noche, porque sabe que es grave, que no tiene futuro por el mal que le arrasa, que no sería lícito transmitirlo en amor, como cree que le espera la amada que ahora trae el jubón con bordado, la calza terciopelo y la casaca abierta para estar en la casa los días que le queden.

Arcadio Ortega
Sobre Arcadio Ortega

De la Academia de Buenas Letras de Granada Más artículos

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