Memorias de la infancia, Prosas

Memorias de la infancia. Capítulo VII.  La guerra

Cuando tenía cinco años la abuela Carmela me enseñó a leer. Aprendí a descifrar esos signos que traía el periódico, a través de las noticias y de una revista femenina que compraba tía Carmen. Así comencé a descubrir el mundo y el mundo de esos años era la guerra.  Supe de  aviones, de barcos, de tanques y cañones; era una  aventura leer el diario cada día y enterarme de una nueva batalla en el aire, en la tierra o en el mar      

Era el año 1944 y la guerra entraba en sus momentos finales. En la radio hablaban de la batalla de Estalingrado y cómo la nieve se tragaba a miles de hombres.

Mas la guerra acabó en los primeros meses del año 1945 con la derrota de los alemanes. Hitler, ese hombre terrible, se había matado en una casa que tenía debajo de la tierra y sus generales firmaban la rendición. Berlín, la capital de Alemania, era una ciudad en ruinas. Veíamos sorprendidos las fotos de los campos de concentración, de esos hombres y mujeres casi muertos, vestidos con un pijama a rayas. 

La verdad es que la guerra marcó mi infancia como a tantos de mi generación.

En la calle la gente no hablaba de otra cosa.  

Pero no todos celebraban la victoria.  Un día vino la tía Gertrudis, la alemana.

-¡Se acabó la civilización!- gemía -¡Los bárbaros comunistas han ganado!

-Pero Gertrudis- replicaba la abuela Carmela -si quien ha ganado es el mundo libre.

-¡No!- Seguía gimiendo la tía -¡eso es mentira! ¡Y ahora se están repartiendo el mundo!

-¿Y mis hijos?- continuaba -¡Los comunistas los habrán matado!  ¡Eso es la civilización!

-¡No digas tonterías!-  interrumpía la abuela Felicinda, que siempre hablaba como si estuviera peleando: -¡Los alemanes eran una manga de brutos y asesinos!

A pesar de su defensa de los nazis, Tía Gertrudis era una mujer agradable. Vestida con ropas del siglo XIX: unas  polleras largas con vuelo, unas blusas que terminaban en un cuello con encajes, su pelo blanco recogido hacia atrás y sujeto con un moño y su forma peculiar de pronunciar el castellano, cuando estaba de buen humor era realmente simpática. Contaba historias de Alemania, de la vida en los pueblos y sus costumbres.

Una vez, en la fiesta de las Cármenes, apremiada por los invitados, accedió a cantar; fue la primera vez en mi vida que escuché una canción alemana. Su voz tenía un timbre bajo y quebrado y aunque yo no entendía lo que decía, los sonidos me llegaban dulces y lánguidos.

Gertrudis, su marido y sus  hijos habían llegado a Chile a finales de los años veinte, cuando vino la gran depresión.  Ella contaba que el dinero había perdido tanto su valor, que una barra de pan llegó a costar un millón de marcos.

En Chile la familia instaló una papelería y ella buscó a sus parientes que resultaron ser mis abuelas. Tía Carmen contaba que los domingos venía a veces toda la familia a almorzar después de misa y Tía Gertrudis llegaba con su traje largo y sus manguitos y un coqueto sombrerillo con un velo; su marido con cuello alto almidonado y los hijos rubios y engominados.

Pero ahora, en estos días del fin de la guerra, su cara tenía una expresión de angustia. Su marido y sus hijos habían partido a Alemania en el año 1939, nada más empezar la contienda, a luchar con el ejército del Reich.

Como ellos, fueron cientos los alemanes de Chile que se movilizaron.

El marido y los hijos de Gertrudis partieron para no volver jamás. Ni una carta, ni una noticia tuvo la tía durante el resto de su vida. Desde aquel fatídico día, ella venía a casa con los ojos llorosos y la cara cruzada por un rictus de amargura.

Ya en el año 1946 comenzaron a llegar los refugiados. Los traían al Estadio nacional que estaba cerca de nuestra casa y los alojaban en las graderías y en los camarines.

Tal como veintisiete años después, lo haría la Junta Militar de nuestro país, con los prisioneros políticos.

Una tarde que tío Jorge se encontraba pasando unos días con nosotros, me cogió de la mano y me llevó al Estadio. La gente se apilaba frente a la puerta principal; allí cada día llegaban camiones y autobuses que transportaban a los refugiados. Estábamos mirándolos cuando nos sorprendió su llegada; comenzaron a bajar mujeres, hombres y niños. Rubios, muy flacos. Casi todos vestían ropa militar y cubrían sus hombros con mantas. Era invierno y se les veía ateridos de frío. Los alinearon frente a la puerta principal. Yo los observaba con los ojos muy abiertos.

Sus rostros demacrados y blancos, demasiado blancos, tenían una mueca de infinita tristeza. Las miradas eran vacías. Los niños se apiñaban en torno a sus madres. Un militar con el brazalete de la Cruz Roja daba órdenes a gritos y ellos no entendían. Pero lo que más me impresionaba era el número que todos llevaban colgando del cuello, un número escrito en un cartón. Los cientos de personas que miraban se quedaron en silencio.

Agruparon a los refugiados por familias. Nítida está en mi mente la imagen de un hombre muy alto y muy flaco, con la cabeza rapada y mal vestido, con un niño pequeño en sus brazos. Apretaba al niño contra su pecho. Con sus dos muñones. Tenía las manos cortadas.

Les llamaban por los números que tenían en el pecho. Una mujer con traje militar les traducía. Así iban entrando al Estadio.

Cuando volvíamos a casa, tío Jorge caminaba con rapidez y sin pronunciar palabra. Me costaba seguirlo. Al fin protesté:

-¡Tío, no camines tan rápido! 

 -Perdona niño- contestó deteniéndose. Vi sus ojos húmedos y su rostro crispado.

-Tío- pregunté, -¿aquí nunca habrá guerra, verdad?

 Volvió hacia mí su mirada.

-¡Guerra!- contestó, -claro que la habrá. ¡Y nos iremos todos a la mierda!

-¡Guerra!-  susurraba, -¡llegará de noche y desde el cielo!

Levanté mi vista hacia lo alto y comencé a temblar. Esa

noche llegó el miedo a poblar mis pensamientos.

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