Memorias de la infancia

Memorias de la infancia. Capítulo XX

Capítulo XX. De vuelta con las abuelas. 

En octubre de ese año tuve una recaída. Es una forma de decir. Lo cierto es que volví a sentirme mal. Y en casa la situación era insostenible. Sin Gabi, nadie cocinaba ni limpiaba nada. Papá volvía bebido por las noches y tambaleante nos preparaba una sopa o se acercaba a mi cama con un paquete con comida. Traía de los bares trozos de carne cocinada o tortillas y esos ricos panes de mi tierra: las allullas. Así, durante un tiempo, la abuela, el tío enfermo y nosotros cenábamos al filo de la medianoche compartiendo las migas con los gatos.

Me salieron unos granos en el cuerpo. Lo peor fue cuando comenzaron a crecer en la cabeza. Mi padre me llevó al médico y este dijo que era debido a la falta de vitaminas.

Esa noche papá llegó tarde y se acercó a mi cama. Yo no dormía.

-Hijo- musitó en voz baja, .He visitado a las abuelas, están preocupadas por ti, como yo. Quieren que vuelvas…

Lo miré a los ojos.

-Por un mes o dos, no más- su voz sonaba desgarrada.

 -Tú sabes hijo, que ellas tienen dinero, conocen buenos médicos y te vas a mejorar.

La voz sonaba cada vez más apagada.

-Me voy a casar, hijo, y tú volverás y viviremos los cuatro, verás que todo irá bien. 

Así, una tarde volví a casa de las abuelas de la mano de mi padre, tal como hacía diez años atrás. Ellas ya no vivían en la vieja casa familiar. Se las había expropiado el Ayuntamiento para hacer una calle y se habían mudado a un barrio cercano al centro, a una casa muy grande y llena de habitaciones.

Verlas de nuevo fue todo un acontecimiento. Al otro día de llegar, tía Carmen me llevó al médico. Éste me envió de inmediato al Hospital.

Allí lo primero que hicieron fue raparme y me dejaron en una sala grande con otros niños. Allí estuve varios días y luego me enviaron a casa.

Cuando salí del Hospital me sentía mejor. En casa las abuelas me habían preparado una habitación en la azotea.

Ese primer día junto a ellas las observé mientras cenábamos. Estaba sentado como antes, al lado de la abuela Carmela. Todas se veían envejecidas, también la Emperatriz. La abuela Sara estaba enferma. Felicinda casi nunca se levantaba de la cama y esta vez lo había hecho en honor al sobrino nieto. Ya no se le veía deambular con el bastón. Nunca más podría alcanzarme con un bastonazo como cuando pequeño. La abuela Carmela tenía temblores en las manos y hablaba sola. Igualito que la abuela de Puente Alto.

 Hablaban de política. En el país las cosas como siempre iban mal, pero al menos el nuevo Gobierno había dejado en libertad a muchos presos políticos. Las viejas tenían opiniones divididas.

-¡Mire que liberar a los comunistas!- chillaba Felicinda, -¡Tenían que haberlos dejado pudrirse en la cárcel!

-¡Cállate la boca!- contestaba Carmela. -No pareces cristiana. Aunque sean unos perversos, tienen derecho a vivir en libertad.

-¿Y los precios?- exclamaba Sara. -¿Adónde vamos a llegar?

 Pero el tema principal era el barrio en donde habían venido a vivir. Un barrio antiguo cerca del centro entre la calle Diez de Julio y Avenida Matta, un trozo del Santiago más auténtico, en donde convivían casas enormes y antiguas con conventillos miserables.

Era la parte de la ciudad que se extiende desde la calle San Diego hacia avenida Matta. Barrio extraño, de familias pobres que vivían hacinadas en los conventillos de la calle Santa Rosa o Martínez de Rosas; de familias de clase media que habitaban las viejas casas solariegas de la calle Carmen y San Francisco. Barrio de malevaje con su mezcla de jovencitos pitucos y el lumpen de los famosos Callejones.

Los Callejones era esa barriada de prostíbulos que se extendía desde la vieja calle San Camilo a Ricantén y General Urriola, con casas pintadas de azul o de rosa. A principios de los años cincuenta ese barrio reinaba en la noche santiaguina de los pobres. Y precisamente allí, en la arbolada calle San Francisco habían recalado las abuelas, con sus crucifijos, sus innumerables cajas, sus lozas de porcelana y su moral católica anticuada. Claro que se sentían estafadas, como si alguien les hubiera hecho una mala pasada. Tal vez, muy pronto se dieron cuenta de la clase de vecinos y paseantes que tenían. Enviaban a la Emperatriz a hacer las compras y esta volvía contando las historias del barrio.

-¡Aquí por Diosito Señor!- gemía la abuela Carmela, -Aquí tendrías que venir a ver estos lupanares.

-¡Ay niña por Dios! exclamaba Sara -¿Qué va a venir a hacer Nuestro Señor en este barrio?

-¡Ya no hay respeto y las calles se han convertido en centros del pecado! continuaba Carmela.

Tía Carmen trataba de desdramatizar:

-Bueno, en esta cuadra al menos no tenemos casas malas-

-¿Qué estás diciendo?- gritaba Felicinda, -¡En este barrio hay sólo putas!

- ¡Esa boca Felicinda!- reprendía Carmela.

-¿Ay, por qué el Señor no me lleva de una vez?- gemía la abuela Sara.

-¡Putas y maricones!- repetía Felicinda mientras se metía en su cama.

La verdad es que a mí me divertía verlas tan enfadadas. Y también me atraía ese barrio desconocido. En el par de meses que pasé con las abuelas, me asomaba por las tardes a la calle y veía pasar mujeres con el pelo pintado de rojo, moviendo el trasero y vestidas con polleras ajustadas. También observaba a muchachos de pelo aceitado con brillantina, grandes ojeras y gruesos anillos en los dedos.

Yo soñaba con ser el dueño de una casa de esas, tener muchas mujeres y ponerles nombres de personajes de las novelas y dormir en las noches con toditas ellas.

Pronto las abuelas me mandaban entrar a casa.

-¿Qué haces ahí, Pascual?- pues ellas seguían llamándome con el antiguo nombre.

-Vente para adentro-

Yo abandonaba con pesar mi puesto de vigía y me decía que algún día sería el rey de esas calles. Con los años en algo se cumplió mi deseo: no fui un rey, sólo un simple vasallo.

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