Memorias de la infancia

Memorias de la infancia. Capítulo XXII

Capítulo XXII. La nueva vida

Se inició la nueva vida familiar. No tuve un cuarto para mí solo, pero al menos tenía una cama. Desde los primeros días me di cuenta que las cosas no iban a ser fáciles. A los catorce años comprendía muchas cosas del mundo y de la gente que antes no imaginaba. Ahora veía a los vecinos con otros ojos. En cada casa había una historia.

La señora de Gálvez se fue muriendo en vida, esperando a su marido que nunca apareció. Al lado de su casa vivían aquellos dos chiquillos que jugaban con nosotros en el río, cuyo padre trabajaba en alguna oficina de algún ministerio. Con el tiempo se descubrió que este señor era un confidente de la policía y, que había sido él quien denunció a su vecino Gálvez, por ser este comunista. Ambas familias se odiaban, los vecinos les rehuían y ellos lo notaban.

Los otros vecinos también tenían sus propios dramas. Los de la esquina vivían la tragedia de tener el hijo mayor, de solo dieciocho años, en la cárcel por asalto a mano armada. Se llamaba Mauricio, un muchacho tranquilo y reservado, con el que yo me había fumado mi primer cigarrillo.

Pero el nombre que estaba en boca de todos era el de Nelly, la hija menor de la señora Clorinda, la vecina que bailaba tangos con papá. Era muy bonita y desde pequeña sobresalía por su vistosidad y su desparpajo, tenía más o menos mi edad. Cuando pequeños, nos subíamos ambos a la tapia que separaba los dos patios y nos lanzábamos agua. Nos decíamos palabrotas y un día riendo “la Nelly” me enseñó las tetas. Yo me quedé mirándola embobado mientras ella se reía.

Ahora “la Nelly” se había metido a puta. Todo el mundo lo sabía y la señora Clorinda saludaba apenas a los vecinos, casi sin levantar la cabeza. La chica hacía la calle en las afueras de la ciudad y en los bares más modernos. Con frecuencia me la encontraba en las mañanas cuando ella volvía a casa vestida con una falda muy corta y, a veces, me daba cigarrillos. Un día me invitó en un café a tomar desayuno y, pese a que iba muy pintada, se le veía ojerosa. 

En casa las cosas no iban bien. Mi padre continuaba bebiendo como lo había hecho toda su vida y a su mujer eso no le gustaba. Discutían por las noches, ella se vestía y partía llorando:

-¡Me voy a casa de mi madre!

Papá la seguía, discutían en la calle, todos los vecinos se enteraban y al final ella regresaba envuelta en lágrimas. Nosotros no lográbamos dormir.

Un día ella nos reunió en la cocina y se quejó amargamente de la actitud de papá. Nosotros no fuimos solidarios.

-Papá siempre ha bebido- dije yo.

-¡Es culpa suya!- espetó mi hermano -¿Quien la mandó casarse con él?

Desde aquel día las relaciones se enfriaron. Nosotros entrábamos y salíamos a cualquier hora, no ayudábamos en nada y mi madrastra se quejaba de nuestro desorden.

-Tus hijos no hacen ni la cama y tienen el cuarto que parece un basural.

Papá se quedaba en silencio.

-Pregúntales desde cuando no van a la escuela. Yo creo que ni conocen a los profesores.

Entonces mi padre encendía un cigarrillo, cogía el sombrero y salía de casa. Ya muy tarde regresaba, bebido, como en los tiempos pasados.

La situación era tensa. Yo pasaba el día en la calle; me iba al río a caminar por el campo o los cerros cercanos, o simplemente vagaba por la ciudad. Buscaba a mi padre por las noches en las tabernas y ya no lo urgía para que volviéramos a casa; es más, disfrutaba escuchando las conversaciones de los parroquianos y la risa de las mujeres.

A veces visitábamos el bar de Hans, el alemán. Era un hombre ya viejo que me hablaba de Flensburg, su ciudad natal, al norte de Alemania, una ciudad marinera. Desde aquellos días quedó en mi mente la idea de alguna vez conocer ese lugar. Hubieron de pasar treinta años para que se cumpliera mi deseo.

Comencé a disfrutar de la calle. La calle era un pedazo de libertad, una peligrosa aventura cotidiana que me enseñaba como era el mundo. Tuve pocos amigos, pero conocía a todo el mundo. Era yo, un muchacho de catorce años, flaco y de andar cadencioso; superada a medias mi enfermedad, intentaba demostrar fuerza y agilidad, pero la verdad es que me cansaba fácilmente.

En el día deambulaba por las calles, ayudaba a las señoras que iban al mercado y me daban unas monedas. Hacía compras para algunos bares y me ganaba un sandwich y un refresco.

Se había creado una escuela nocturna. Fui a preguntar y me dijeron que podía preparar el examen para aprobar la sexta clase. Entusiasmado, asistí un mes a clases y un maestro me preparó para el examen. La verdad, no fue muy difícil. Aprobé con buena nota, pero no quise seguir en la escuela. 

Fueron pasando los meses y la vida familiar se me hacía insoportable. Hasta que un día no llegué a dormir a casa. Era muy tarde y no había encontrado a papá en los bares habituales, así que caminé por las oscuras callejuelas hasta que las casas se acabaron y me adentré en el campo. Llegué hasta unos galpones que hacía años estaban abandonados; me senté en el vano de un portón derruido y contemplé la noche. Mirando las estrellas me sentí muy solo y muy libre. Absorto en estos pensamientos me quedé dormido.

Me despertaron los rayos del sol que lamían mi cara. Sentí la tibieza de la mañana, el silencio del campo y la libertad de estar en un espacio que me parecía infinito. Así me acostumbré a coger una manta y me iba por las noches a dormir al galpón. Me acompañaba una vieja cuchilla que me había regalado un mendigo y cuando podía me llevaba algún bocadillo. No me apetecía llegar a casa.

Un día vino la Emperatriz y me fui con ella a Santiago a la casa de las abuelas. 

Fotografía: Sunset in Sono (Sleep) Beach

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