Memorias de la infancia

Memorias de la infancia. Capítulo XXIII

Capítulo XXIII.   El final.

En Santiago me esperaba el inicio de una nueva etapa.El reencuentro con las abuelas me dejó bastante impresionado. Las encontré más viejas, más enfermas y más indefensas.  La casa olía a polvo y  humedad.  Los muebles también habían envejecido a la par que ellas y parecían personas enfermas y quejumbrosas..

Las abuelas me recibieron con el cariño de siempre, aunque pude apreciar en sus rostros un leve e indefinible latir de indiferencia. Felicinda, ya anciana, no se levantaba de la cama; al acercarme a su lecho, vi sus ojos velados por las cataratas  y sentí el penetrante e inconfundible olor a vejez, que precede a la muerte.  Sara, muy flaca y arrugada, lloraba quedamente por el corredor y los lagrimones rodaban por su cara cubierta de polvos rosados.  Tía Carmen, llegaba por las tardes retorciendo sus rulos con fiereza y se encerraba en su cuarto. Sólo la abuela Carmela parecía haber rejuvenecido en su antigua dignidad. La barbilla cada vez más levantada, parecía tener un pleito con el suelo y apuntaba directamente al horizontey sus enormes manos sarmentosas, ahora pobladas de temblores, no sabían dónde hallar descanso.

-El niño está otra vez con nosotras -  murmuró al verme.

Pero la verdad, todo había cambiado.  Tía Carmen me matriculó en un Liceo muy antiguo y conocido en la capital. El Liceo Barros Borgoño en la calle San Diego. Allí cursé Primero y Segundo curso de Secundaria que en esa época se llamaba Humanidades.   Fue una buena experiencia  aunque ya en el segundo año mi vida iba rodando hacia la calle y sus venturas.

Si por las mañanas era ese niño normal que asistía a clase, más pormandato de los mayores que por propio interés, por las tardes comencé a descubrir los encantos ocultos que guardabala ciudad. La ciudad de Santiago, por esos años cincuenta contaría con unos dos millones de habitantes, pero ante la mirada sorprendida de un niño como yo, era la llamada inquietante de un mundo por descubrir en aquel sinfín de calles, plazas, rincones sorprendentes, inmensos barrios, bulliciosas estaciones, misteriosos conventillos de altas y sólidas murallas a las que se adosaban viejas casas con un sucio y oscuro patio interior no por ello menos atrayente.

Mientras tanto, en casa, las abuelas languidecían entre achaques y susurros. No se preocupaban mucho por mí ni por mis correrías. Me sentía libre y solo. Llegaba a casa a comer y a dormir y sonreía cuando alguna de ellas quería saber qué hacía durante el día.

-Estudio mucho abuelita-  respondía con cortesía – estudio la vida.

El año 1955 murió la abuela Sara.  Se fue secando como una hoja marchita.

La casa se volvió aún más vieja; más viejos y ausentes sus cuartos y sus muebles.

Yo salía a la calle, al barrio que se abría como una ventana repleta de aventuras. Me sentía hombre, y conversaba con las chiquillas de los prostíbulos que me invitaban a un cigarrillo. Observaba los gestos y las maneras de los muchachos mayores e intentaba imitarlos cuando estaba a solas.

Una noche, no volví a casa.  Me quedécharlando y bebiendo cerveza con dos chicas a quienes habían echado de una casa de putas.

-¿Y tú, a qué te dedicas?-  me preguntó una de ellas.

Me encogí de hombros y respondí casi con resignación:

–Estoy estudiando.

-Vente por las noches por aquí.

- Nosotras vamos a hacer la calle y luego nos vamos por ahí juntitos-  dijo la otra.

Al amanecer ellas partieron con dos taxistas.  Al despedirse, una de ellas me dio algo de dinero:

-Toma- dijo – para el día, pues nos vemos a la noche.

Caminé por las calles sintiendo el frescor del alba en mi rostro.

Me fui al Instituto sin haber dormido.  Me lavé bien la cara, aunque eso no impidió que, durante la clase, dormitara en el pupitre.

Al cabo de dos noches, me volví a encontrar de nuevo con las chicas.  Acababa de cumplir dieciséis años.

Las duras vivencias que habían marcado hasta ese momento mi vida, me hacían avanzar inexorablemente hacia esa gran ciudad que abría sus fauces como un soberbio felino, dispuesto a engullirme sin pausa.

FIN

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.

*