Andaluces con paisaje

Nebrija

Ha vuelto de la antigua mezquita almohade, cristianizada bajo la advocación de Santa María de la Oliva, patrona desde entonces de esa ciudad que, al decir de la leyenda que refiere Silio Itálico, fundaran los sátiros del dios Baco y con precisión “Nabrissa”, de quien se hace proceder el nombre de Lebrija, la ciudad que le vio nacer en 1444 para orgullo de la tierra andaluza, servicio de los Católicos Reyes en su condición de cronista, y honra y prez de la lengua castellana para todos los siglos. Se llama Antonio Martínez de Cala y Jarava, pero todos le dicen Elio Antonio de Nebrija.

Ha vuelto de cumplir sus oraciones mañaneras, con paso lento, cansino y encorvado, cuando ya el sol adquiere dimensión de ofensa, en ese día de cálido verano en que su cuerpo ya mal sostiene los años y se eclipsa, pasados los setenta y cinco, por el peso de historia y de trabajo, de sufridos viajes a los que estuvo presto desde los dieciocho años, cuando marchó a Italia al estudio de la filología clásica, en ese afán de ciencia y de gramática, que le hace dedicar su atención a los todos saberes conocidos: Arqueología, Geodesia y Ciencias Naturales, Teología, Filosofía, Derecho, Medicina y Poesía, superando los escarceos de Santillana, Villena o Lorenzo Valla en el campo de la filología, para acabar viviendo responsabilidades académicas, cuando es profesor consagrado en las Universidades de Sevilla, Salamanca y Alcalá, cunas del saber de la época.

Ha vuelto ensimismado en los quehaceres que los hombres de la agricultura le asaltan, cuando dilucidan el origen de su tierra y su posible dependencia de la sarmentosa viticultura jerezana, mientras sopesa la forma de conquista de Lebrija por Fernando III el Santo en 1249, arremetiendo por ese flanco contra aquellos que fueran invasores otrora años, y que perpetuaron su estancia y su cultura en el riego de campos, en el alzado de edificios, en el trazado de las calles estrechas que transita, en esos patios de parra y arriate por donde surca el agua con su cantar monótono, mientras llega la hora soñada de la siesta, anterior a aquella a convocar a almuerzo a los todos familia de la casa.

Ha vuelto al filo de las doce, con esa sombra vertical que es sólo un punto gris sobre las losas sepias del patio de su alberca, donde en el sillón de pino recio, ubicado en la penumbra que evita la soflama del hueco de la puerta, dibujada en triángulo de claridad transida, se sienta a descansar, mientras degusta, con pausa y parsimonia, la dulce limonada que en le espera le avió el ama, con limón de la huerta y miel de los moriscos, para ese refrigerio que tiene por costumbre, antes de dedicarse a estudiar los escritos que le llegan constantes de otras latitudes, como buen humanista de saber respetado, que sigue aún estudios pese a sus tantos años.

Ha vuelto al fin a su rincón urdido, aquél que fue pensando desde la misma hora en que partió a la vida, y que fue recordando en los tantos caminos que cruzó siendo joven, en tantas ilusiones como vivió de adulto, en los días que fueron difíciles estando sumido allá en la Corte, en los muchos silencios que aportaron los claustros de los centros de estudio, y en la ojiva tranquila donde escribió sus textos.

Ha vuelto ya a su casa, en calle de Lebrija empedrada y silente, hasta el patio sencillo con tapias encaladas, con la parra que sube, que cubre y se desangra en uvas rojiverdes, que forman sus racimos cual cuadros italianos que ahora él rememora con gesto placentero, mientras se va quedando en paz y en somnolencia, la mano junto al libro apenas iniciado, la jarra limonada, que aun mantiene amarillos verdosos por su fondo, está casi acabada, un jilguero valiente se posa en el alféizar que da hacia las cocinas, la puerta de la calle permanece entreabierta, aunque nadie traspasa la penumbra cuidada que arguye ese zaguán de zócalo turquesa, formado en azulejos que hicieron los artífices de otros tiempos excelsos.

Ha vuelto a los momentos de las ensoñaciones, cuando cruzan gacelas voraces por su mente, cuando breve, solemne, acaso hasta obsequioso, escucha allí a sus reyes, recibiendo la orden de escribir en un texto, todas aquellas normas que debían seguirse para el hablar del pueblo, de aquesta relación de la lengua vulgar con la lengua latina, del duro reglamento de toda ortografía, el estudio incipiente del buen lenguaje artístico, incluso un intento atrevido y sereno de historia de la lengua, y que él intituló “Gramática Castellana”, como primera norma para todo lingüista de siglos venideros.  

Ha vuelto ya a quedarse dormido y relajado, en esa hora justa de cada medio día, sin poder sopesar la total trascendencia de su vida y su obra en lengua castellana, mientras se afana y cuida de recordar pasajes vividos en las aulas, y tiene la alegría, que se asoma al semblante, sobre el libro “Introductiones Linguae Latinae”, forma y camino a ese castellano que ama y que practica, desde el justo latín que cuida y que respeta, y que sabe empieza a ser libro de texto en todas las universidades españolas y en varias extranjeras, sintiéndose orgulloso, aún más, de su “Gramática Castellana”, y también de “Introductiones in latinam grammaticam” y del “Dictionarium Latino-Hispanicum et Hispanico-latinum”, mientras se rememora la frase que esculpió en el prólogo de su Gramática, para estudio de generaciones venideras: “Siempre la lengua fue compañera del imperio, de tal manera lo siguió que juntamente comenzaron, crecieron, florecieron y, después, junta, fue la caída de entre ambos.”

Ha vuelto a despertar, cuando el ama anuncia con voz queda que el gazpacho está fresco, la ensalada tiene los tomates recién cortados de la huerta, hay un vaso de mosto a la altura de la mano y se sabe de antiguo, que no sólo de latines vive el hombre. Entonces se regresa, sonríe y empieza a vivir la segunda jornada de un día cualquiera de su vida sencilla.

Arcadio Ortega
Sobre Arcadio Ortega

De la Academia de Buenas Letras de Granada Más artículos

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