Poesía

Sí, los pétalos del sol

Las pequeñas espinas son pequeñas

Título: Las pequeñas espinas son pequeñas
(XXIX Premio Jaén de Poesía)
Autora: Raquel Lanseros
Editorial:
Poesía Hiperión

SE PUEDE escribir un libro. Un libro de versos puede escribirse con mucha voluntad y un poco de inspiración. El oficio también cuenta. Pero es mejor ensoñarlo antes, ir atesorando en la memoria afectiva esas imágenes irrepetibles, dictadas por el talento. Es lo que ha ocurrido con Las pequeñas espinas son pequeñas (Ed. Hiperión), uno de entre los libros más frescos y ágiles, más sorprendentes del pasado año.
El libro se abre con ritmo decidido entre versos sólidos, inesperados por tanta emoción: “Yo he venido / a ser ola a la vez que miro el mar”. Eres lo mismo que miras, el sujeto es su mismo objeto. Poesía en el límite entre la metafísica y la mística.
Es un desdoblamiento eleático el de toda su obra, que en la presente Raquel Lanseros ( Jerez de la Frontera, 1973) consuma en la anadiplosis, a la que es propicia, sin prodigalidad: “la clara desnudez del agua clara” (título del libro aparte). Pero el libro, a la vez, es un texto plagado de ternura, que marca un viraje en la sensibilidad colectiva femenina generacional: “Si alguna vez te hiere por ejemplo / mi torpeza, mi miedo o mi desidia, / perdóname, amor mío”.
Qué exquisita esta empatía, motor del sustrato más profundo del libro que nos ocupa. Tal empatía también se desplaza a la alteridad, pues como en otro lugar se dice: “Quizá porque uno solo es todos juntos”. Y así, la poeta es también el pasado: el marinero de la Santa María desde el mástil, Keats reencontrándose con Homero, Gagarin en la soledad helada del cosmos, y es Tenochtitlán, y Numancia, y Troya y Edmund Dantès al viento. O Lucy Westenra. Pero también Odette en su amor desgarrado por Guillaume, que ahora sucede en un Madrid invernal.
Amor, el que predomina, al límite de los sentidos con la eternidad, amor que devora a la muerte: “Cuando te encuentre morirá la muerte”. Es la pasión, aniquilando a la muerte. Pues bien sabe Raquel Lanseros, o lo parece, que toda poesía excelsa es una lucha contra el Tiempo, que todo lo aniquila, tanto más pronto cuanto que aquello a lo que alude más bello sea. Pues, como también se dice: “La muerte es un amante insobornable”
Lanseros ha articulado su libro en cuatro partes que le prestan solidez de concierto clásico, y equilibrio de edificio bien plantado, partes que más bien son zonas afectivas y sensitivas. Pero nos hallamos ante una autora de singular versatilidad, de manera que cada poema es una sorpresa, y sus asuntos de fondo rotan (ancestros familiares, lugares de la infancia, los antepasados, las despedidas, el afán de entrega, los sueños), al no guardar los poemas otra relación que la de una misma mirada compasiva y un tono sensibilísimo cuyo compás vienen a ser sus imágenes certeras, imágenes calientes, supurantes, que la autora se encuentra, no busca, tan naturales son, tan intrínsecas a su registro emocional. Tal versatilidad tengo para mí que se sustancia no solamente en sus ámbitos físicos (pasan en este libro escenarios como Buenos Aires o México), sino también en el viaje que emprende hacia sí misma, hacia su identidad. Aquí me es grato citar el poema “La rendición de Breda”, en donde se remonta en sus genes. Identidad vista no como una primacía del destino, al haberla convertido en poeta, sino con el distanciamiento de Otro, que sin embargo no dejara de ser ella misma. Esto es: la perplejidad de ser ella misma, lo cual puede advertirse en el que quizá es el más insólito poema del libro: “La mosca”. Una simple mosca que aturde y molesta, a la cual convendría suprimir de un manotazo: “Esa mosca soy yo / y mi mano es el tiempo”.
Cierto es que cada parte viene a ser un “cambio de postura” donde su mirada se ancla con detención específica. En la tercera por ejemplo, “Croquis de la Utopía”, el acento es testimonial, con impregnación social altruista, preocupación que no esgrime con acritud ni resentimiento, sino con conciencia de que no hay que callar ante el dolor ajeno, por gregario que éste sea: “¿Están todos contentos? / Todos no, el corazón / envejece y se atrofia / de tanto bombear hipocresía”. En la cuarta parte, que viene a ser un holograma de la obra entera, son los seres y las cosas los motivos que punzan como restos de un tiempo marchito. Ahí son, como síntomas de una temperatura tocada de melancolía, los lobos de Valparaíso en la noche de Santa Eufemia: “Hace años que murió el último pastor”. O los ancianos padres: “No quiero que sospechen mi dolor al sentir / qué mayores se están haciendo mis mayores”. Y las cosas: “A veces he intentado desenredar la lluvia / pero nunca la alcanzo. Debe ser / que me nacen las gotas desde dentro”. Y un último poema, “Himno a la claridad”, que es su exégesis y vale por toda una poética: “No hay verdad más profunda que la vida”.
Raquel Lanseros estuvo aquí en Guadix en mayo de 2011. Intervenía en el aula Abentofail, hizo una lectura limpia con esa voz suya tan clara y matizada de inflexiones, en una prosodia de castellano impecable. Al día siguiente, hicimos, por recreo, el camino que en Ferreira llega entre castaños a la ermita, tras pasar el Arco de las Ardillas. Asomados a los exiguos ventanos de su puerta, llega ese olor de los pétalos de rosas antiguas, un perfume como de vino celestial. Es un olor más allá del tiempo. Así debe oler en el cielo. Lanseros jugó con el agua de los caños de la fuente, y era feliz en aquel diálogo con la madre Tierra. Es la imagen que conservo, la de un ser que parecía temblar de emoción con el júbilo de la Naturaleza. Una mujer maravillosamente sensitiva, que volcaba esa apetencia de amar en sus semejantes. Por esto he querido destacar la empatía como resorte el más profundo y motivador de su Obra.
Y dentro de ella, el presente “Las pequeñas espinas son pequeñas”. Otro poeta de la Naturaleza, el eminente y solitario Alejandro López Andrada, desde su tierra de Los Pedroches, ha calificado este libro en un memorable comentario (Diario Córdoba, 15 de febrero) como “Los pétalos del sol”. Difícilmente puede encontrarse una imagen que mejor lo resuma. Las espinas, finalmente, dieron paso, fueron el germen de los pétalos, pétalos de luz, la luz ingrávida que lo ocupa todo, que irradia todos sus versos. Me uno a esta visión.

http://www.raquellanseros.com/

Antonio Enrique
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