Andaluces con paisaje

Soto de Rojas

“La espléndida dureza gongorina, maestro, se trueca en delicada minuciosidad de orfebre cuando vos escribís”, dice pedante y lisonjero, obsequioso, el secretario que ha escuchado con atenta delectación la Séptima -y última- Mansión del poema, largo y grandioso, que acrisola su permanencia ensimismada a intramuros del carmen donde vino a vivir -¿morir?; a veces, también él lo pregunta- el vate que se firma Don Pedro Soto de Rojas, nacido en la Granada de Enero del 1584, bautizado en la iglesia del Sagrario y muerto en Febrero de 1658, con funeral en la iglesia colegiata del Salvador, donde es máxima jerarquía eclesiástica. Nacido un Enero y muerto un Febrero: vida entre inviernos de fríos sucesivos.

  Ha leído las siete mansiones en que ofrece el poema “Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos”, con esa mansedumbre que permite el trabajo que se sabe bien hecho, dando la entonación retórica y antigua que aprendió en los salones de las tantas “academias”, diríase tertulias, donde vino a pasar las horas y los días buscando ese parnaso que se ofrecía cercano, aunque nunca alcanzara a rozar con los dedos, por más que fue y que vino, que derrochó caudales, que olvidó sus quehaceres de clérigo sagrado, hasta que al fin, un día, que él le llama de suerte, recibió canonjía en esa colegiata del Salvador solemne, que preside impasible el alto barrio moro que ahora le recoge, cuando ya la distancia de años y quehaceres le acerca el horizonte hasta el alféizar mismo, donde asoma sus hojas la “ardiente” enredadera, adjetivo que otorga, recordando que así en Madrid a él le nominaban, cuando en la academia de Francisco de Siva pronunció, hace ya tantos años -y frunce el entrecejo, buscándose una fecha que quedó postergada- el “Discurso sobre la poética en el abrirse la academia Selvaje”, los días de esplendor en que encontró a Lope y al mismísimo Góngora, y bien pudo decirles, con voz emocionada: “amigos, compañeros”, después de bien leerles su poema barroco “Desengaño de amor en rimas”, que tuvo noble eco entre los contertulios. Años cortos de gloria que ahora le mantienen, mientras cuida la alberca y corta los rosales de junto de las pitas y de aquella chumbera altiva y engreída que se vuelca en la tapia arañando las cales, que él blanquea de continuo como ejemplo en el barrio de pudor y de asepsia.

  El secretario torna a sentarse cercano, después de haber traído una menta con hierbabuena que arrancó al arriate, pero el maestro queda como si no quisiera perder ese silencio que le lleva a otros tiempos perdidos en su infancia, cuando hacía bachiller de Humanidades, Cánones y Teología en la siempre querida Universidad granadina, y escribía de continuo, siguiendo el noble ejemplo de su tío, Barahona de Soto, y casi, aunque no lo consigue, se recita, con cuido y buen esfuerzo, ese justo soneto que publicó primero, dedicado a Luis Vélez de Guevara.

  Suenan ya las campanas con su tañer monótono, y el viento trae aromas de incienso y de plegaria, pero aún no se altera ni sale presuroso, ya no acude a diario a la misa del alba, ahora se solaza contemplando la fuente, oyendo su ruido, el beso de sus aguas, sin querer proseguir los pleitos y dislates que tuvo de continuo, y que siempre mantiene, con el grueso cabildo de una Catedral que no quiere entenderle y que, incluso, llegó a hacer que encarcelaran su cuerpo entre mazmorras, hasta que al fin convino en pedirles perdón, y hasta rogar clemencia, para que libertaran su vivir y su hacienda, por más que fue nombrado en fechas anteriores “letrado del Santo Oficio”, buscando protección ante esos enemigos pertinaces y zafios.

  Alza la vista y pide que le traigan sus obras, esos breves opúsculos que recogen sus versos, sin hacer ni un buen gesto que delate la búsqueda, sin que el fiel secretario adivine el renglón que urge entre poemas, misión que tantas veces le encarga y le reclama, pero que en la mañana que viven y disfrutan, cuando los alifafes del cuerpo y su costumbre no han hecho aparición, él no ha dicho, ni quiere, como arguye en el gesto y en la forma intimista en que pasa las hojas, parándose segundos en algunos finales de estrofas o poemas, sin que quizás encuentre lo que anda buscando o son sólo fragmentos, pequeñas pinceladas de amor apasionado, lo que hace que  brote el recuerdo tangible de aquella Fénix nívea que eclipsó su porfía, haciendo permanente su búsqueda y su cuido, en esa trayectoria que no podía romper para llegar al sueño de unirse en matrimonio, cuando la vocación declinaba en su impulso y pasaban los años fugaces y cansinos, hasta en esta ocasión que tanto se repite, cuando busca los ojos que le miraban dulce, cuando la ve cruzar los atrios sempiternos cortando los cuchillos de luz de las vidrieras, cuando siente textura en la piel del sillón, como si acariciara sus dedos nacarados, igual que aquella tarde que le entregó el rosario que calló desprendido por el gesto oferente del agua de la concha que bendijo su mano.

Marca el reloj las nueve, del día uno de Enero del año en que su muerte espera aposentada en la esquina cercana, se pone en pie y desciende esos cuatro escalones que le sumen glorioso en su jardín florido, buscando ese rincón donde escribe y medita cuando no hace frío y acude la recacha -ya vendrá primavera-, la hora del silencio para escuchar los pájaros, y esperar la campana que anuncie ya el momento de salir a la calle e ir al Salvador a celebrar su misa, esa Misa Mayor en la que pide siempre por todos los poetas de antes y de ahora, también los venideros, consciente de que, a veces, son aves inocentes -entonces se sonríe-, y después por su amada, porque siempre le viva, que no le olvide nunca, y por todos los muertos, y por todos los vivos, y por todas las flores que hay en su jardín urdiendo su silencio.   

Fotografía: Pedro Soto de Rojas en su juventud.

Arcadio Ortega
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