Andaluces con paisaje

Vázquez Díaz

Azuzan las neblinas en la tarde de invierno, en que aun franquea la indolente luz el amplio ventanal, donde contempla, tras los tenues visillos recogidos, los tantos paisajes sucesivos que son el siempre estático y doméstico Paseo de María de Molina, de este Madrid de 1969 en que viene a morir el sol umbrío y mustio a media tarde, que busca y que valora en su retorno, este anciano pintor -ya cumplió ochenta años- Daniel Vázquez y Díaz, nacido en la onubense Nerva el 25 de Enero de 1882, que detiene la vista en su paleta, donde afirma su hijo Rafael -y él asiente- que siempre domina el gris como color concreto, personalísimo y original, presente en toda su obra y que, en el período de Fuenterrabía, se enriqueció con los grises plateados, verdosos, rosados y azulados, todos muy pálidos, de la campiña vasca, y los grises de matiz nacarado que fueron sombra y luz, carnación, en los desnudos, y entrelazados con los blancos en los retratos de médicos, en los de  conquistadores, y, sobre todo, en los grandiosos murales de los frescos de La Rábida.

Hace unos meses inició el cuadro “Las bisnietas”, como último ejercicio, después de su ingreso el pasado año en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, a quien donó el retrato “Pío y Ricardo Baroja”, tras seis años de silencio: desde el 62 en que ofreció la magna exposición antológica que le hizo revivir tantos acontecimientos al seleccionar los cuadros, y más habiéndola de hacer solo, porque Eva Aggerholm, la escultora danesa que conoció en París en 1908, con quien contrajo matrimonio en la iglesia católica de Copenhague a los dos años de su encuentro, murió en el 59, dejándole como legado de atención persistente, la tierna emoción de estas Graciela y Beatriz, hijas de su nieta Laura, a las que gusta mimar, pretendiendo recoger la tersura de sus rostros, la alegría de sus edades -diez, y ocho años-, y el halo de felicidad que le ofrecen cada vez que asaltan el estudio, en ese cuadro que mira y que no avanza por más que piense en él, que estudie los más nimios detalles, y oriente su butaca al caballete, por si fuera posible perfilar la sesión que, por lo general, es corta y muy cansina.

Añora las palabras de su nieta Laura, cuando aún muy pequeña miraba sus dibujos con respeto, o jugando en el chalet de la Pedriza que bautizó con su nombre en el 48, mientras él pintaba cuadros bajo la advocación de “piedra y agua” y “plata y azul”, o el último retrato de Eva en amarillo y verde, o a su hijo en traje de esquiador; años en que recibe el Gran Premio a la Obra de un Pintor por su cuadro “Los monjes blancos” en la Primera Bienal Hispanoamericana del Arte; o la Medalla de Honor en la Exposición Nacional de Bellas Artes; o el Gran Premio de Honor de Dibujo en la III Bienal Hispanoamericana; reconocimientos a su vida dedicada al estudio, al trabajo continuo; años en que firma “Las cuadrillas”, hace el “Retrato del Duque de Alba” y presenta en la Nacional del 41 estas obras, junto con “Desnudo de la ventana”, “Retrato de Zuloaga” y “Retrato de Yakichiro Suma”.

Ahora se yergue, sin perder la apostura solemne del sillón, para recomponer el vuelo de la boina vasca que siempre le acompaña, y estirar el batín en sus pliegues de espalda, mientras un rictus de tristeza le perfila el semblante al recordar su regreso a Madrid en 1919, y percibir la huera hostilidad que le ofrece la crítica y manifiestan casi todos los académicos, produciéndole lo que llamó, para entenderse, una crisis de desaliento, mientras redobla su tesón pintando el “Retrato de Unamuno” y “El adolescente”, expone en Madrid con esculturas de Eva y catálogo presentado por Juan Ramón Jiménez, y en Coímbra y Oporto, y hace oposiciones, sin éxito, a la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en época que alcanza la segunda medalla en la Nacional con el “Retrato del Padre Getino”, y le conceden la Medalla de Oro en la Exposición Internacional “EL teatro”, de París, por los decorados y figurines del ballet “Boda de rumbo”, o presenta en la Biblioteca Nacional los bocetos para los frescos de La Rábida, iniciando su elaboración el 12 de Octubre del 29 y terminando la obra igual día del año siguiente, por lo que le nombran patrono del Museo de Arte Moderno y, ya año 32, obtiene la Cátedra de la Escuela de Bellas Artes de Madrid como profesor de pintura mural, donde veintinueve años antes fue suspendido en su tentativa de ingreso, sin que ello le marcara, ni más tarde tuviese la vanagloria de ver la irritación de los estamentos académicos que no dudaron en eliminarle también en 1931, provocando con su actuación que el Gobierno suspendiese los exámenes.

Tiene sonrisa de larga y placentera evocación cuando repasa los rostros de los primeros discípulos, tras su regreso definitivo de París, abierto estudio en Lagasca: Pablo Celaya, Olasagasti, Caballero, Rodríguez-Acosta, Botí, Caneja, Cristino, Canogar, y algunos otros que ahora le desdibuja la memoria, pero que en aquél año 18 daban sus primeros pasos, y que ha visto crecer y cotizarse, sin que hayan dejado la amistad ni las visitas a su paso por este Madrid que él ya no sabe si le gusta, pero donde tiene los recuerdos intangibles que dejó su esposa, los cuadros más guardados, el álbum familiar que se conforma cada vez que hay ocasión o efeméride, y que le hace rememorar “Mis hermanas en el balcón”, “La familia aldeana” “Retrato de un joven seminarista”, “Muchacho de Nerva” o “El Pozo y la Higuera”, primer cuadro que expuso y vendió en 1897 en Sevilla, cuando alternaba la pintura a que le iniciara su maestro de primeras letras con su carrera de Comercio, tras su paso por el Colegio del Carmen y el internado en los Salesianos de Utrera para hacer bachiller. 

Luego vino la etapa Madrid, Fuenterrabía, París, y regreso a Fuenterrabía todas las vacaciones, con descubrimiento en Madrid de El Greco, Velázquez y Goya, afición al teatro y amistad con Juan Gris, con Darío de Regoyos, con Solana, hasta el encuentro deslumbrante del paisaje vasco y la brava impresión del mar, hasta llegar al París de 1906 a instalarse en Montmartre y conocer a Modigliani -y pintarle-, frecuentar a Picasso, Durrio, Max Jacob, Canals y otros tantos, viajar a Bélgica y Holanda, recibir el rechazo de la Exposición Nacional de Madrid, a donde envió el “Retrato de Juan Gris”, presentar su primera exposición en Francia e inscribirse en el grupo “Les Indépéndents”, con paréntesis para viajar a Sevilla y pintar “Toreros saludando” y “El picador de toros”, y regresar a París, donde expone con Picasso, conoce a Bourdelle -con él compartirá el constructivismo, esa escultura en dos dimensiones que utilizará en los frescos- y encontrar a Eva, percibir su destino en Eva, saber que es su mejor hallazgo, la perla buscada de su vida, la que ahora le hace sonreír con gratitud beatífica, dejándose caer en profunda ensoñación de amor, como aquel joven que salió al mundo con la luz en la mano y música de campanillas vibrando en los oídos.

Fotografía: Daniel Vázquez Díaz. Autoretrato.

 

Arcadio Ortega
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